VIOLENCIA SEGÚN EL TIPO DE VÍCTIMA

Esta clasificación responde al hecho de que algunos grupos de población son más vulnerables a ser víctimas de actos violentos, tales como las

(a) mujeres,

(b) los niños y niñas,

(c) las personas adultas mayores,

(d) las personas de la diversidad sexual,

(e) las personas con discapacidad y

(f) portadores de VIH.

(g) contra los padres y

(h) contra el hombre.

Violencia contra la mujer

La resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas 48/104 de diciembre de 1993, Declaración de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, define este tipo de violencia como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada” (ONU, 1993, art. 1).

Violencia contra los niños y niñas

La Ley de Protección de la Niñez y la Adolescencia desarrolla una serie de medidas para garantizar el ejercicio y disfrute pleno de los derechos y facilitar el cumplimiento de los deberes de las niñas, niños y adolescentes. Establece que “las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a que se respete su integridad personal, la cual comprende la integridad física, psicológica, cultural, moral, emocional y sexual.

En consecuencia, no podrán someterse a ninguna modalidad de violencia, tales como el abuso, explotación, maltrato, tortura, penas o tratos inhumanos, crueles y degradantes (Decreto 839, 2009, Art. 37).

Además, se define el maltrato como “toda acción u omisión que provoque o pueda provocar dolor, sufrimiento o daño a la integridad física, psicológica, moral o sexual de una niña, niño o adolescente, por parte de cualquier persona, incluidos sus padres, madres u otros parientes, educadores y personas a cargo de su cuido, cualesquiera que sean los medios utilizados.

Se considera asimismo como maltrato el descuido en el cumplimiento de las obligaciones relativas a la prestación de alimentación nutritiva y balanceada, atención médica, educación o cuidados diarios y la utilización de las niñas, niños y adolescentes en la mendicidad”.

Maltrato o violencia contra las personas adultas mayores

De acuerdo con OPS-OMS, el maltrato de las personas mayores se refiere a “realizar un acto único o reiterado o dejar de tomar determinadas medidas necesarias, en el contexto de cualquier relación en la que existen expectativas de confianza, y que provocan daño o angustia a una persona mayor”.

De acuerdo con esta misma fuente, este maltrato se clasifica en:

(a) maltrato físico,

(b) psíquico o emocional,

(c) abuso económico o material,

(d) abuso sexual y

(e) descuido

Violencia contra las personas debido a su orientación sexual o identidad de género

De acuerdo con el Informe Violencia contra Personas Lesbianas, Gay, Bisexuales, Trans e Intersex en América de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH-OEA, 2015, pp. 37-40), la violencia contra las personas LGBTI se puede calificar como una violencia de género, motivada por prejuicio y tiene las siguientes características:

· Estos actos de violencia están basados en el deseo del perpetrador de “castigar” dichas identidades, comportamientos o cuerpos que difieren de las normas y roles de género tradicionales, o que son contrarias al sistema binario hombre/mujer.

· Se fuerza a trabajadores sexuales a abandonar ciertas áreas, en el marco de las llamadas campañas de “limpieza social” o para desincentivar a personas LGBTI de reunirse en ciertos lugares como bares o discotecas.

· En algunas ocasiones, esta violencia se justifica como “defensa por pánico gay o trans” cuando ocurre como reacción ante coqueteos o proposiciones por personas del mismo sexo.

Por su parte, según Médicos del Mundo, este tipo de violencia puede tener diferentes expresiones, “desde la discriminación para ejercicio de sus derechos como la negación del empleo o de oportunidades educativas, acoso, injerencias en su privacidad, agresiones sexuales, hasta torturas, malos tratos y asesinatos con motivos de odio. Todas estas con frecuencia se ven agravadas por la vivencia de otras formas de violencia, odio, discriminación y exclusión, como aquellas basadas en la raza, la edad, la religión, la discapacidad o la condición económica, social o de otra índole” (Médicos del mundo, s/f).

Violencia contra personas con discapacidades

De acuerdo con la Convención Interamericana para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad, la discriminación contra las personas con discapacidad significa “toda distinción, exclusión o restricción basada en una discapacidad, antecedente de discapacidad, consecuencia de discapacidad anterior o percepción de una discapacidad presente o pasada, que tenga el efecto o propósito de impedir o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por parte de las personas con discapacidad, de sus derechos humanos y libertades fundamentales (Organización de Estados Americanos, 1999, art. 1 numeral 2).

Por su parte, AIAS brinda algunos ejemplos de formas de violencia ligadas a la discapacidad, tales como “la falta de intervención a tiempo dirigida a la autonomía e independencia, la negación de una identidad sexual para los niños con discapacidad, la falta de autodeterminación y poder de decisión, falta de oportunidades de comunicación y falta de privacidad para los adolescentes y adultos con discapacidad, etc.

Mucha gente expresa actitudes negativas hacia la diversidad y la discapacidad a través de una discriminación abierta: la humillación, el miedo al contacto físico, el desdén…”

Violencia hacia las personas portadoras del VIH-Sida

La Ley de Prevención y Control de la Infección Provocada por el Virus de Inmunodeficiencia Humana, establece en su art. 4 que “las personas viviendo con VIH/SIDA, sus familiares y allegados tienen derecho a ser tratados de manera digna, sin discriminación ni estigmatización, en razón de su enfermedad” (Decreto 588, 2001).

Entre las acciones de discriminación y estigmatización por razón del VIH-Sida, se encuentran: maltrato físico y verbal; pérdida del hogar y del empleo; rechazo de familiares y amigos; episodios de violaciones de los derechos humanos básicos, así como de las libertades fundamentales (como en el caso de privados(as) de libertad); falta de acceso a servicios indispensables (salud, educación, créditos, seguros, otros); falta de confidencialidad o limitación de la misma en los servicios de salud, ya sea dentro o fuera del establecimiento de salud.

CARACTERÍSTICAS DE LOS IMPLICADOS EN VIOLENCIA FILIO-PARENTAL

Diversos estudios se han centrado en analizar si las agresiones hacia los padres son cometidas con mayor frecuencia por los hijos o las hijas, así como si es más probable que el sujeto agredido sea la madre o el padre. Igualmente, se ha examinado cuál es el momento de la adolescencia en que la violencia filio-parental se hace más patente. La edad y el sexo de agresores y víctimas son características a tener en cuenta para comprender el perfil de los implicados en esta problemática.

Perfil de los hijos maltratadores

La mayoría de las investigaciones indican que son los adolescentes varones los que más agreden a sus padres y sitúan el porcentaje de adolescentes varones agresores entre el 60% y el 80% del total. Si bien es cierto que esta mayor prevalencia en varones puede estar sesgada por los resultados procedentes del ámbito judicial, en tanto que parece ser más probable que los hijos varones sean denunciados. No obstante, existen otras investigaciones que no encuentran diferencias significativas entre sexos

En España, algunas investigaciones constatan que los chicos son quienes ejercen más violencia física y las chicas cometen más violencia psicológica (Ibabe y Jaureguizar, 2011). En la variable edad hay diversidad de resultados, aunque la mayoría de las investigaciones sitúan el comienzo de la VFP en la adolescencia, entre los 14 y 17 años, siendo la media los 15 años.

En la revisión realizada por Pérez y Pereira (2006) señalan la adolescencia temprana (alrededor de 11 años) como periodo crítico para su comienzo, con extremos que van desde los 4 a los 24 años y un pico en la curva de violencia en torno a los 15-17 años.

Perfil de los padres y madres maltratados

En cuanto al perfil de las víctimas de VFP la mayoría de los estudios afirman que las figuras femeninas de la familia, y en concreto las madres u otras cuidadoras (como las abuelas), son habitualmente el foco del maltrato.

Este hecho se puede explicar entre otras razones porque las madres suelen ser percibidas como débiles (Cottrell y Monk, 2004), suelen estar más tiempo a solas con sus hijos, o porque son las madres quienes habitualmente asumen el rol de la crianza (Gallagher, 2004). Finalmente, en relación con la edad de los progenitores, se ha observado que la franja de edad más prevalente se sitúa entre los 40-50 años.

En particular, el estudio de Romero et al. (2005) con madres agredidas en nuestro contexto nacional, indicó los siguientes datos orientativos por intervalos de edad: el 31.9% de las madres tenía entre 40-45 años y el 26.7% menos de 40 años.

PRINCIPALES FACTORES DE RIESGO PARA LA VIOLENCIA FILIO-PARENTAL

Con el objeto de seguir ahondando en el perfil de los hijos que agreden a sus padres, es relevante destacar los principales factores de riesgo que, desde diversos estudios, se han identificado como antecedentes o, al menos, variables relacionadas, con la VFP. En este sentido se toma como referencia el Modelo ecológico anidado de Cottrell y Monk (2004) basado en la perspectiva ecológica de Bronfenbrenner, quienes predicen que en los casos de VFP convergen diferentes variables de naturaleza multifactorial en los niveles Ontogenético, Micro, Exo y Macrosistema, o lo que es lo mismo: factores individuales, familiares, escolares-grupo de iguales y comunitarios.

Factores Individuales: Diferentes investigaciones ponen de relieve que los jóvenes que ejercen VFP presentan una baja capacidad  empática

Factores Familiares: Diferentes revisiones coinciden en que el estilo educativo utilizado por los padres es una de las principales variables a tener en cuenta en los casos de VFP. En términos generales, el estilo educativo democrático ha mostrado ser el más estrechamente relacionado con el ajuste emocional y comportamental de los hijos, mientras que la disciplina inconsistente, la crítica manifiesta, la presencia de frecuentes e intensos conflictos parentales y la baja cohesión afectiva en la familia son factores de riesgo frente a la VFP.

Los estilos educativos de socialización que comparten algunas de estas características se han identificado, por tanto, como precedentes a la agresión de hijos a padres. Así, diversos autores destacan el estilo negligente y el estilo sobreprotector o permisivo como climas familiares favorecedores de dinámicas agresivas en las familias y, en particular, en el comportamiento de los hijos.

En los últimos años se ha sugerido que el estilo parental excesivamente permisivo es uno de los más destacables en la base del problema. En estas familias con ausencia de normas y reglas, donde los padres no asumen su rol como educadores, se observa en muchas ocasiones la parentificación de los adolescentes, es decir, un grado muy elevado de autonomía y responsabilidad inadecuado para su edad y madurez.

En estos hogares no se han establecido límites claros bajo la premisa de “no frustrar a los hijos”, lo que conlleva una ausencia de supervisión durante los primeros años de crianza que implica, con llegada de la adolescencia, que los padres no sean percibidos como figuras de autoridad a respetar, provocando en ocasiones lo que conocemos como un comportamiento tiránico (Estévez, 2013).

Otro factor de riesgo importante es la existencia de violencia precedente entre los padres. Los estudios que analizan la variable “ser testigo de violencia en la familia” concluyen que entre el 50%-60% de los hijos que han observado este maltrato manifiestan un comportamiento agresivo hacia sus progenitores.

Las investigaciones sugieren que el hecho de vivir en un entorno violento aumenta la probabilidad de que los hijos identifiquen la violencia como un modo legítimo, útil y eficaz para controlar a los demás e imponer el propio criterio como forma de resolver los conflictos. Finalmente, también se han analizado variables como la estructura familiar y el nivel socioeconómico de la familia.

INTERVENCIÓN EN CASOS DE VIOLENCIA FILIO-PARENTAL

La VFP es una problemática pluricausal que necesita medidas profesionales rigurosas y eficaces. Algunas de las intervenciones que han mostrado un mayor éxito en el tratamiento de adolescentes que agreden a sus padres son la Terapia Familiar Funcional y la Terapia Familiar Sistémica.

Las principales características relacionadas con la eficacia de estos enfoques terapéuticos son las siguientes:

(1) su filosofía se basa en que la conducta del adolescente debe entenderse en su contexto, en el nicho ecológico en el que vive;

(2) sus objetivos son cambiar el patrón de interacción familiar ligado a la conducta violenta, incrementar la interacción recíproca, la claridad y la precisión de la comunicación, así como promover la colaboración entre los servicios implicados con el joven (justicia y sistema educativo, p.ej.);

(3) se fundamentan en la Teoría del Aprendizaje Social y en la Teoría de Sistemas;

(4) presentan buen nivel de protocolización, y

(5) implican la evaluación continua de los cambios y resultados por parte de profesionales de alta cualificación que realizan frecuentes supervisiones acordes con la complejidad del problema.

Violencia al hombre

A pesar de numerosos estudios informan sobre la preponderancia que la violencia domestica es perpetrada por los varones contra las mujeres otros estudios sugieren que los casos de violencia domestica de las mujeres y los hombres son casi equivalentes, marcando así que el índice de denuncia realizada es inferior en los hombres, pero no así el creciente informe clínico de terapeutas y profesionales del área de la salud. El no denunciar tienen raíces culturales, desde el origen del patriarcado el hombre se definió como un ser humano privilegiado, dotado de algo: más fuerte, más inteligente, más valiente, más responsable, más razón al implicarle una relación jerárquica con las mujeres o mejor dicho con su propia mujer.

El poder es el concepto fundamental a la hora de pensar en la masculinidad hegemónica, sus manifestaciones más negativas consisten en la imposición del control sobre las otras personas y las propias emociones. Igualmente, sugiere que el género no es algo estático … sino una forma de interacción permanente con las estructuras del mundo que nos rodea.

La primer violencia sufrida por el hombre es la adquisición jerárquica: el imperativo social inscripto en la subjetividad sería: el hombre implicando un esfuerzo, un trabajo, un desafío, exigiéndole pruebas de virilidad cómo reto permanente. Algunos autores indican que tanto en la violencia domestica contra las mujeres como en la que es realizada contra los hombres se pueden encontrar motivo similares, otros sostienen la idea de que el hombre pueda generar resistencias, opinando sosegadamente la idea de violencia física cómo la única forma de violencia realmente importante.

La violencia contra el varón o violencia contra los hombres es una expresión que aglutina diversos fenómenos contra este grupo de personas en varios contextos: violencia intrafamiliar, violencia en el noviazgo, violencia infantil, ataques o violaciones sexuales en prisión, prostitución forzada, explotación laboral, tortura en tiempos de guerra, tráfico de personas, patrones de acoso u hostigamiento, ataques homofóbicos hacia personas o grupos de homosexuales, bisexuales y transgéneros, entre otros.

La violencia contra el hombre es un problema social serio, pensemos que se ha prestado atención a la violencia ejercida hacia las mujeres instalando comisarías especiales para su atención, mientras que en el caso de los hombres golpeados o abusados psicológicamente lo que subyace está enmarcado en el tabú social y en la vergüenza.

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